De todas, una escultura
Para Adrián, por las esculturas que imaginamos juntos tantas veces,
no por el final, pero sí por el final de nuestras futuras.
Marce tenía la forma precisa para cruzarlas con ligereza, dejando ver la entrepierna, pero sin provocar morbo inmediato. Silvia, en cambio, no gustaba entrelazar sus piernas, sino dejar un leve canal, impreciso, desde las rodillas hasta el orificio de la vida. Jimena se despreocupaba, ponía cualquier objeto en ese preciso lugar, con desparpajo y sin disimular nada, a veces se le olvidaba y la vista entonces era amplia y hasta de mal gusto, porque estaba habituada a actuar con la enagua como si anduviera con pantalón. Ninguna de todas aplicó hermetismo alguno con el cuidado de su pudor, al final todas se dejaban ver en algún momento.
Pero Diego nunca supo si fue intencional o no, incluso ahora. Los amigos le decían que las mujeres se dejaban ver a propósito, estrategia inconfundible para seducir aparentando recato. “No seás baboso, el único impedimento para que una mujer oculte sus atributos es precisamente que no los tenga”, le había sostenido reiteradamente, sin darse cuenta en su insistencia, el insufrible de Esteban, quien tenía para entonces el entero convencimiento de que sería un publicista exitoso.
Las blusas leves de tirantes, con tonos tenues, dejando la proporción de los senos a la medida del fluido atmosférico, tal como le gustaron a Silvia. El escote alzado, pretendiendo firmeza, que hubo traumado a Marce o el ligero y sin cuidado de Jimena. Las blusas de mangas cortitas que gustaban a Marce por su complejo con unas manchas en sus hombros. También podía ver las ejecutivas blancas con pliegues y transparencias, con mangas largas hasta la muñeca, como las que usara Vicky.
Los jeans nunca le hicieron gracia, pero al ver el talle de la pretina trasera había podido medir con facilidad el tipo de glúteos de cada mujer. Solo bastaba observar con cuidado el detalle de la hendidura que empieza en la parte baja de la espalda. Jimena tenía serios problemas para ocultar sus abultados glúteos en los jeans de talle bajo. Marce todo lo contrario. “El asombroso mestizaje de cada latinoamericana desde la forma de sus sentaderas”, pensaba Diego al imaginar los camanances de Adriana, en un viejo recuerdo.
De Rebeca, Adriana, Juana y otras no podía recordar mucho. No era para menos después de unos veinte años de relacionarse con mujeres.
La singular pava de Vicky se estaba poniendo de moda otra vez, pero a él siempre le gustarían los colochos de Marce, deslizados con soltura e independencia sobre la cara y la espalda.
La minifalda y las piernas flacas que acercaban sus rodillas entre sí, la pijama de tela de lana y medio transparente, la blusa fluida, el poco maquillaje, el caminado sencillo; sin exagerar al estilo modelo de pasarela, el tacón medio alto, la espalda delgada y los hombros enjutos, fueron características de ellas que persistieron en su memoria.
De todas, una escultura.
Esa tarde caminó por todo el bulevar de la Avenida Central, tratando de fotografiar cada una de las facetas que necesitaba, de los gestos y muecas, de las diversas indumentarias que podían tener el espíritu de cada una de ellas.
El experimento resultó sabroso. Logró recortarlas, soñarlas como un recuento unívoco de la vida, ver en cada mujer una parte del espejo que necesitaba.
Después del espejo construyó la escultura. Esteban le dijo que él había hecho lo mismo unos días antes porque le pareció interesante la ocurrencia. “De hecho, Dogo, me encontré con lindas sorpresas; me di cuenta que cada una de ellas lleva una parte de cada una de las anteriores”, le confirmó. “Primero intenté ver partes de Clarita, en cada una de las viejas que me topaba, pero fue difícil; fue entonces que empecé a ver partes de cada una de las ex, no solo las de Clarita”, amplió refiriéndose a la última novia que había tenido.
Esteban ayudó a sostener su teoría y concluyó definitivamente la escultura.
Es difícil definir una obra de arte como una escultura. Se trata de una mujer híbrida que tiene un espejo incrustado en el cuerpo, se mira a sí misma por todos lados y está vestida con todas las formas de cada una de ellas.
Esteban se encargó de promocionar la obra y ahora le informa que es un éxito, decenas de personas hacen fila fuera de la galería, y tiene buenas ofertas.
Diego las mira a ellas pasar frente a la escultura, en diferentes momentos. Las disfruta vanagloriarse a sí mismas: a todas les ha dicho que usó los bocetos y fotografías que les tomó desnudas en los días anteriores. Después de pasear por la Avenida Central se le ocurrió llamarlas, contarles sobre su proyecto de escultura y su deseo de tenerlas a ellas cerca para hacer bocetos. Convencerlas de desnudarse no fue problema, él es un artista y cada una de ellas quiso ser la fuente de la obra, porque “es arte”.
A cada una le dijo que quería un recuerdo único, que no pretendía nada. Y cada una de ellas le creyó, quizás porque de verdad parecía muy franco. Silvia se resistió porque ahora tenía novio, pero al rato cedió al realizar un pacto de honor con Diego, quien le juró no decir “absolutamente nada a nadie”. Marce está casada, pero fue la que más fácil cedió.
Una a una pasan frente a la obra y pretenden verse a sí mismas. Él ríe, entonces se da cuenta que la escultura no tiene nada de ninguna de ellas, sino de cada una de las que vio en la calle, de cada una de las que en la calle parecían tener algo de ellas. Entonces se da cuenta también que ellas ya nunca serán las mismas ante él, ni para él.
Y brinda con Esteban, mientras le da un pellizco oculto en la nalga, detrás de un montículo de la galería.
1 de setiembre de 2009
jueves 15 de octubre de 2009
martes 15 de septiembre de 2009
Cuento: Un chico Almodóvar
Un chico Almodóvar
Para Chavela Vargas, la universal.
Para ver una película de Almodóvar debo tener una copa de vino en la mano y un cigarro. El gran hijo de su madre puede hacerte sentir que leíste un buen libro después de ver una de sus películas, pero no necesita sentarse y romperse la cabeza elucubrando cómo escribir una novela, un libro en su extensión, eso creo. Sus películas son libros. Solo que tomó el camino amplio de las imágenes que se pueden aún imaginar más. Muy pocos escritores han podido hacer eso.
El vino es para llegarle a ese imaginar más, para poder ir más allá de la luz y el movimiento, de las voces que articulan los diálogos que parecen sencillos. El cigarro es para sobrellevar el impacto, la ansiedad, después de cada descubrimiento que se tiene.
Si fuera Almodóvar yo no lo pensaría de ese modo. Esperaría quizás que Chavela Vargas, la vanguardista costarricense que prefirió ser mexicana y española, me inspirara después de un algún espectáculo lleno de dolor. Un amigo me dijo una vez que la Vargas nunca se sintió tica porque su dolor no tiene parecido al light que tienen la gran mayoría de sus coterráneos. Que Costa Rica es solamente su finca de recreo, donde ella vuelve para dejarse ir en algunas gotas de alegría que briznan con esa levedad que jamás tendrá en otro lugar.
Normalmente no tengo mucho que contar hasta que empiezo a escribir, me dejo y las historias después se cuentan solas. Creo que Almodóvar tiene lo mismo en sus genes, en el intrincado desconocimiento que gen-eran los orí-gen-es de los que somos al final del universo.
Conocí a Chavela y a Pedro una noche, como se suele conocer a estos personajes, sentados a la mesa de un restaurante, en una costa que da al Mediterráneo; donde el frío parece calor de playa para los incautos del otro lado del charco.
No me importa si ellos leen mi historia, puede que al final de cuentas ni sea historia, ni sea un espacio para ellos, en sus insondables pasos con tantas estelas.
No los había visto antes. A la tico-mexicana-española ni siquiera la había escuchado, no conscientemente de que fuera ella a quien escuchara. Al español con su cara redonda lo había fisgoneado de reojo en alguna revista de peluquería. Los dos universales sentados a la par, histriónicos llevando su enigma de pactos insospechados para mí.
Con vino se ve una película de Almodóvar, pero con vino pude dejarlo ir. Se me acabó la historia, cuando caí ebrio y me dijo el magnate hijo de puta; así, a lo español, que ya bastaba de tomar.
- ¡Hombre, ya deja de tomar!
Dos días antes, en Guanacaste de Costa Rica, después de un show privado, lo había conocido. El pedazo de mierda cagado de euros, se me acercó cuando apenas me limpiaba el sudor, después del baile que habíamos realizado en la tarima de aquel hotel, nuevo puerto de los chicos extravagantes de Hollywood y Europa. Todos huían de los paparazis, porque en aquella aldea no podían seguirlos. Al Golfo de Papagayo no podían entrar ni los mismos ticos a quienes alguna vez les perteneció.
El magnate, así le llamé desde el principio, me dijo que pagaba bien. Qué tan bien podía pagar, me pregunté. Me escupió que pagaba todas mis deudas y me eché a reír. Dupliqué mis deudas y le puse la cantidad sobre la cómoda, con su inmenso espejo para artistas del hotel. Me miró los ojos verdes, detrás de esta piel negra, y compró el derecho a chupar mis huevos blancos.
Una semana viajando por el mundo, seduciéndolo con mis músculos de grecolatina sensualidad, al tono de la actuación diaria sin ensayo.
Pero me desmayé de tanto vino tinto con demasiado cuerpo, sobre la terraza que me dejaba incubar un Mediterráneo muerto. Contamíname, fue lo último que pensé, tentando las canciones de Víctor Manuel en la voz de Ana Belén.
– Es un chiquillo impresionante –sostuvo Chavela cuando medio abrí los ojos.
Sé “con toda certeza”, como dice mi amigo el economista, que la vergüenza estuvo postrada en el rostro de mi acompañante, mi jefe, después del episodio. Él, maldito, me llevó como ficha de casino, para darle estatus, pero le salió trasquilado el asunto.
Mi único estatus, sin embargo –como pienso ahora, yo, el epidemiólogo lanzado a stripper-, fue tener un suspiro de Almodóvar en la mesa de al lado, y unas palabras de la Vargas, que me hicieron entender, de una vez por todas, que regresar a Costa Rica no es la mejor opción con todo este dinero ganado.
Quizás es tiempo de empezar a vivir la penetrante infelicidad del mundo y tal vez hacerme película de Almodóvar, aunque nunca me lea. Quizás sea la hora de ponerme a escribir.
viernes 10 de julio de 2009
En bus hacia la ternura
En bus hacia la ternura
Geovanny Debrús Jiménez
Julio, 2009.
Cuando le vi el escote sin pretenderlo, las faldas de sus pechos desplazándose como una cascada de esas pequeñas que se deslizan sobre las piedras resbalosas, hasta caer sobre una breve posa de permanente juego de aguas; me dejé aberrar y pensé –en la arista del asco y el placer- en cuántos hombres habrían pasado su lengua por ahí.
Cuando contrajo el pecho, se inclinó levemente para acomodarse la falda, sentada, entonces el sostén de copas se quedó inmóvil en su irreductible forma. Sus senos entonces se separaron de la superficie que oculta y, desde mi supremacía en la altura, pude mirar directamente ese pezón sugiriéndose, negro y rebosante.
Ella sentada, yo de pie en aquel bus de todos los días. La claustrofobia ensimismándome en la apretazón de sentirse ganado que sobrepasa el espacio, en el cajón de un vehículo “civilizado”. Siempre entremetían, en un constante empuje y permita, más gente de la permitida en las horas pico.
Pero yo al menos me regocijaba en admirar el paisaje de la sugerencia que es intencional, la del escote que es usado porque se sabe lo que provoca.
Por la ventana el poeta pide limosnas con cara de un humilde que sabe más que todos. Una especie de arrogancia permitida y, al final de cuentas, del que también sabe cómo sobrevivir y comer. Ayer recitó un poema en la inauguración del Festival Internacional de Poesía y fue aclamado, hoy mira con ojos de perro sabio para adquirir unas monedas. Lleva saco, el mismo que usó la noche anterior.
Sobre la pared del poste de luz un afiche anuncia un concierto de música con letras de un idioma que solamente entienden algunos. Expresiones en inglés que tampoco entiendo, aunque lo leo a la perfección; estos jóvenes y la necesidad de crear su propio idioma. Yo también tuve el mío alguna vez, pero ya no lo recuerdo. Con solo ver las calaveras y algunos calificativos ya deduje que se trata de algún desmadre de heavy metal o algo que pretende ser satánico.
A la de atrás el pezón se le declara en rebeldía y brota detrás de la blusa y el sostén. El pezón es el único erógeno rebelde a los tapujos modernos.
El conductor me habló pesado al pasar, lleva a su hijo sentado sobre el motor y lo deja cobrar. Sabe que lo aborrezco. Me obliga a escuchar la patética y ridícula perorata en una emisora cristiana que repite, en el colmo del aprovechamiento de la ignorancia social, mil y una consignas para usurpar el dinero de la gente. Me obliga a perder la paz, el amor y violenta mis derechos. Odio su grosería, su ignorancia y, sobre todo, su pedantería pentecostés. Me empacha que una vez le viera los calzones a mi esposa, al descaro, cuando ella subía el bus en minifalda. Y luego me viera haciéndose el indignado, después del evidente morbo en sus pupilas de pastor hipócrita.
Llueve como el diluvio del demonio, pero descubrí que el agua, aún corriendo por los caños, tiene una cadencia propia que no hace diferencias.
El chino de la esquina vende grasa y glutamato monosódico en cantidades asombrosas, pero no sabe levantar la cara y mirarte a los ojos, parece un culpable permanente. Todos sabemos que algunas cucarachas fueron fritas también o al menos sus patas o alas, al menos sabemos que por la noche ellas probaron primero que nosotros el manjar; al menos sabemos que no está envenenado, porque cuando lo compramos podemos verlas moverse con agilidad de deportista bien alimentado en las esquinas de aquel desmadre sucio, viejo y de madera que dice llamarse restaurante.
Los veo besarse desenfadadamente y recuerdo el título de un libro que vi en la mañana: El amor es eterno mientras dura. Él se regocija en su casual grandeza de macho orgulloso, sabe que los demás le miran las piernas largas a su excitada novia. Se lo cree. Se regocija y levanta la barbilla, para que los demás veamos cómo le desliza los labios y la lengua sobre el cuello, con toda la naturalidad de la indiferencia social. Yo no puedo evitar preguntarme cuántos gérmenes, bacterias y virus ingiere ella, o cuántos penes ha lamido con esa boca húmeda.
“Y todavía hay gente que dice amar la ciudad”, pienso mientras el tipo de la par me codea con saña. Me acomodo y lo evado. Recuerdo proteger mi maletín y traerlo sobre mi pecho. La miro de nuevo, pero ya relajó sus hombros y apretó su pecho, el pezón ha desaparecido bajo las telas. Pienso cuántas lenguas lo habrán sentido, diablos, me digo, solo es un pezón grande y epidérmico. Solo es tejido concentrado, volcán de barro, orogenia que se sugiere, erogenia que me lasciva. Sí, no solo es un pezón, es el pezón que pude ver hoy.
El conductor perdió la sensibilidad después de 12 horas de manejar el camión de ganado y nos empuja al arrancar. En el primer semáforo estoy empapado de humedad y sudor. La incontinencia me molesta, puede que el papel que me puse no aguante al llegar a casa.
Alguien estornuda dentro del bus y a nadie le importa, pero todos ingieren influenza. Cada cuerpo reacciona, se defiende, pero yo tengo mucho asco. Un imberbe mal educado tira basura por la ventana y la madre le sonríe, qué digo, lo ignora con alevosía. Pero a mí me hierve la sangre, el ritmo permanente del agua se lleva la bolsa de plástico (comida chatarra por supuesto) hasta el río. ¿Dije río? Digo, hacia las aguas negras de la ciudad de San José. El tanque séptico del océano las espera.
Por un breve momento me quiero brincar por la ventana, pero ya estoy habituado a reaccionar y contenerme.
Al poder sentarme por fin, pienso que estoy en el planeta tierra, pero no puedo evitar darme por enterado de la cosa que hemos hecho con él. La lluvia persiste y no puedo ver el cielo, pero de eso hasta ahora me doy cuenta… ¿Lo habré pensado alguna vez? Ya después de casi 50 años es poco lo que se puede articular.
Pero veo correr a mi hija de 4 años hacia mí, al llegar a casa, me abraza, me besa y entonces sé que no estoy loco, solo enamorado, mientras dure…
Geovanny Debrús Jiménez
Julio, 2009.
Cuando le vi el escote sin pretenderlo, las faldas de sus pechos desplazándose como una cascada de esas pequeñas que se deslizan sobre las piedras resbalosas, hasta caer sobre una breve posa de permanente juego de aguas; me dejé aberrar y pensé –en la arista del asco y el placer- en cuántos hombres habrían pasado su lengua por ahí.
Cuando contrajo el pecho, se inclinó levemente para acomodarse la falda, sentada, entonces el sostén de copas se quedó inmóvil en su irreductible forma. Sus senos entonces se separaron de la superficie que oculta y, desde mi supremacía en la altura, pude mirar directamente ese pezón sugiriéndose, negro y rebosante.
Ella sentada, yo de pie en aquel bus de todos los días. La claustrofobia ensimismándome en la apretazón de sentirse ganado que sobrepasa el espacio, en el cajón de un vehículo “civilizado”. Siempre entremetían, en un constante empuje y permita, más gente de la permitida en las horas pico.
Pero yo al menos me regocijaba en admirar el paisaje de la sugerencia que es intencional, la del escote que es usado porque se sabe lo que provoca.
Por la ventana el poeta pide limosnas con cara de un humilde que sabe más que todos. Una especie de arrogancia permitida y, al final de cuentas, del que también sabe cómo sobrevivir y comer. Ayer recitó un poema en la inauguración del Festival Internacional de Poesía y fue aclamado, hoy mira con ojos de perro sabio para adquirir unas monedas. Lleva saco, el mismo que usó la noche anterior.
Sobre la pared del poste de luz un afiche anuncia un concierto de música con letras de un idioma que solamente entienden algunos. Expresiones en inglés que tampoco entiendo, aunque lo leo a la perfección; estos jóvenes y la necesidad de crear su propio idioma. Yo también tuve el mío alguna vez, pero ya no lo recuerdo. Con solo ver las calaveras y algunos calificativos ya deduje que se trata de algún desmadre de heavy metal o algo que pretende ser satánico.
A la de atrás el pezón se le declara en rebeldía y brota detrás de la blusa y el sostén. El pezón es el único erógeno rebelde a los tapujos modernos.
El conductor me habló pesado al pasar, lleva a su hijo sentado sobre el motor y lo deja cobrar. Sabe que lo aborrezco. Me obliga a escuchar la patética y ridícula perorata en una emisora cristiana que repite, en el colmo del aprovechamiento de la ignorancia social, mil y una consignas para usurpar el dinero de la gente. Me obliga a perder la paz, el amor y violenta mis derechos. Odio su grosería, su ignorancia y, sobre todo, su pedantería pentecostés. Me empacha que una vez le viera los calzones a mi esposa, al descaro, cuando ella subía el bus en minifalda. Y luego me viera haciéndose el indignado, después del evidente morbo en sus pupilas de pastor hipócrita.
Llueve como el diluvio del demonio, pero descubrí que el agua, aún corriendo por los caños, tiene una cadencia propia que no hace diferencias.
El chino de la esquina vende grasa y glutamato monosódico en cantidades asombrosas, pero no sabe levantar la cara y mirarte a los ojos, parece un culpable permanente. Todos sabemos que algunas cucarachas fueron fritas también o al menos sus patas o alas, al menos sabemos que por la noche ellas probaron primero que nosotros el manjar; al menos sabemos que no está envenenado, porque cuando lo compramos podemos verlas moverse con agilidad de deportista bien alimentado en las esquinas de aquel desmadre sucio, viejo y de madera que dice llamarse restaurante.
Los veo besarse desenfadadamente y recuerdo el título de un libro que vi en la mañana: El amor es eterno mientras dura. Él se regocija en su casual grandeza de macho orgulloso, sabe que los demás le miran las piernas largas a su excitada novia. Se lo cree. Se regocija y levanta la barbilla, para que los demás veamos cómo le desliza los labios y la lengua sobre el cuello, con toda la naturalidad de la indiferencia social. Yo no puedo evitar preguntarme cuántos gérmenes, bacterias y virus ingiere ella, o cuántos penes ha lamido con esa boca húmeda.
“Y todavía hay gente que dice amar la ciudad”, pienso mientras el tipo de la par me codea con saña. Me acomodo y lo evado. Recuerdo proteger mi maletín y traerlo sobre mi pecho. La miro de nuevo, pero ya relajó sus hombros y apretó su pecho, el pezón ha desaparecido bajo las telas. Pienso cuántas lenguas lo habrán sentido, diablos, me digo, solo es un pezón grande y epidérmico. Solo es tejido concentrado, volcán de barro, orogenia que se sugiere, erogenia que me lasciva. Sí, no solo es un pezón, es el pezón que pude ver hoy.
El conductor perdió la sensibilidad después de 12 horas de manejar el camión de ganado y nos empuja al arrancar. En el primer semáforo estoy empapado de humedad y sudor. La incontinencia me molesta, puede que el papel que me puse no aguante al llegar a casa.
Alguien estornuda dentro del bus y a nadie le importa, pero todos ingieren influenza. Cada cuerpo reacciona, se defiende, pero yo tengo mucho asco. Un imberbe mal educado tira basura por la ventana y la madre le sonríe, qué digo, lo ignora con alevosía. Pero a mí me hierve la sangre, el ritmo permanente del agua se lleva la bolsa de plástico (comida chatarra por supuesto) hasta el río. ¿Dije río? Digo, hacia las aguas negras de la ciudad de San José. El tanque séptico del océano las espera.
Por un breve momento me quiero brincar por la ventana, pero ya estoy habituado a reaccionar y contenerme.
Al poder sentarme por fin, pienso que estoy en el planeta tierra, pero no puedo evitar darme por enterado de la cosa que hemos hecho con él. La lluvia persiste y no puedo ver el cielo, pero de eso hasta ahora me doy cuenta… ¿Lo habré pensado alguna vez? Ya después de casi 50 años es poco lo que se puede articular.
Pero veo correr a mi hija de 4 años hacia mí, al llegar a casa, me abraza, me besa y entonces sé que no estoy loco, solo enamorado, mientras dure…
jueves 23 de abril de 2009
Un cuento escrito el 23 de abril
Héroe de guerra asesinó presuntos asaltantes
Geovanny Debrús Jiménez
Como una ronca, tenaz y absurda exhalación se desprendió de mí, calle arriba, en su motocicleta 250cc, su mayor orgullo de los últimos meses.
- Tino, que la mujer se me enoja si no le llego ya –fue su excusa y se disparó sin esperar mi respuesta.
Julio Andrés no me dejó decirle que nuestra madre es más importante que su mujer, que “mandaba güevo”. Su urgencia era decidida.
Por suerte llegó Ezequiel, mi otro hermano, y cumplió muy bien el papel de mártir que le gustaba.
-Está bien, yo me quedo cuidándola, qué me queda…
Se quedó acompañando el enésimo ataque de gastritis de nuestra madre, los efectos de muchos años de ansiedad y un orgullo irreductible.
Yo había superado mi propio problema gástrico desde que decidí, más bien; me convencí, que con nervios incluidos las cosas siempre iba a estar peores; sin él al menos tenía un chance. Y debo aceptar también que la 9 milímetros me dio tranquilidad.
Asistía a prácticas de tiro, se me hizo un deporte de seguridad y decisión. Luego las desplacé al resto de mis actividades cotidianas. De las gastritis ni el suspiro quedó, pensaba sentado en la incómoda silla del bus que me llevaba hacia el trabajo, cuando sobrevinieron los rugidos lastimeros de las motos cerca de la puerta delantera y el pertinaz estruendo del primer balazo no tardó mucho.
Pensé en mi madre acompañada en su dolor y me determiné a no convertirme en uno nuevo para ella, mientras deslicé sigilosamente; con la vista puesta en los violentos intrusos, mi mano dentro del maletín donde llevaba la pistola.
El primer tiro había quebrado estruendosamente el vidrio de una ventana, pero el segundo terminó su infeliz desplazamiento en el hombro de un incauto grandulón que quiso reaccionar, es decir, jugar de valiente.
En ese momento ya había quitado el seguro del arma y la sostenía con firmeza. El “presunto” delincuente –patética frase de los medios para no implicarse- se puso desenfrenadamente nervioso, mientras tenía el gatillo a un ápice del lado fatal. Y apuntaba sin mirar.
Me asombra cómo puede uno reconstruir con tanto detalle todo lo que pasó en unos escasos y míseros segundos, sobrecargados de intensidad.
- Todo lo que tengan afuera –gritó parapléjico.
Le disparé en el pecho, antes de lamentar más muertes, y se desgajó inevitable.
El otro apuntaba al conductor desde las gradas de la puerta, a medio metro de atravesarle un pulmón o la cabeza.
- Me jodió –fue lo último que dijo, al sentir efímera la bala que le incrusté en el cuello, en el instante que dirigió su 38 especial hacia mí.
Un conductor de uno de las dos motos que esperaban casi sobre la acera se volvió loco mientras escupía:
- Mi hermano, jodieron a mi hermano, hijueputas, ¿quién fue el malparido?
Y subió al bus, donde el caos tenía alas de muerte. Y disparó sin dirección. Le logré perforar el ojo izquierdo y atravesar su cabeza, antes de la hecatombe.
El cuarto encapuchado, de negro como todos los demás, se vino detrás, demostrando lo que más adelante yo definiera a los policías como una “violencia ingenua”. Tomo el arma del tercero y se convirtió en el cuarto. Para ese momento yo estaba, ahora sí, muy tenso y no le permití ni siquiera levantar el artefacto a la altura de su pelvis.
“Misterioso héroe civil protegido por la policía”, tituló un diario. Otro imprimió en digno papel higiénico: “Mató 4 y desapareció”. El “mejor” fue “Héroe de guerra asesinó presuntos asaltantes”. Todo era una ficción para ellos (aunque lo vendía como verdad). ¡Yo como héroe de guerra, asesino y los pobres 4 eran tan presuntos como difuntos.
Leyendo las estupideces de los matutinos amanecí en la Comisaría, exigiendo completo anonimato y algo para comer.
No quería que nadie supiera de mí, ni yo de los criminales esos, por obvia seguridad personal.
Pero alguien dejo tirado sobre un escritorio el reporte del último fallecido, el ingenuo cuarto y me llamó la atención su nombre: Julio Andrés. Y de seguido los mismos apellidos que nos puso mi madre.
23 de abril de 2009.
Geovanny Debrús Jiménez
Como una ronca, tenaz y absurda exhalación se desprendió de mí, calle arriba, en su motocicleta 250cc, su mayor orgullo de los últimos meses.
- Tino, que la mujer se me enoja si no le llego ya –fue su excusa y se disparó sin esperar mi respuesta.
Julio Andrés no me dejó decirle que nuestra madre es más importante que su mujer, que “mandaba güevo”. Su urgencia era decidida.
Por suerte llegó Ezequiel, mi otro hermano, y cumplió muy bien el papel de mártir que le gustaba.
-Está bien, yo me quedo cuidándola, qué me queda…
Se quedó acompañando el enésimo ataque de gastritis de nuestra madre, los efectos de muchos años de ansiedad y un orgullo irreductible.
Yo había superado mi propio problema gástrico desde que decidí, más bien; me convencí, que con nervios incluidos las cosas siempre iba a estar peores; sin él al menos tenía un chance. Y debo aceptar también que la 9 milímetros me dio tranquilidad.
Asistía a prácticas de tiro, se me hizo un deporte de seguridad y decisión. Luego las desplacé al resto de mis actividades cotidianas. De las gastritis ni el suspiro quedó, pensaba sentado en la incómoda silla del bus que me llevaba hacia el trabajo, cuando sobrevinieron los rugidos lastimeros de las motos cerca de la puerta delantera y el pertinaz estruendo del primer balazo no tardó mucho.
Pensé en mi madre acompañada en su dolor y me determiné a no convertirme en uno nuevo para ella, mientras deslicé sigilosamente; con la vista puesta en los violentos intrusos, mi mano dentro del maletín donde llevaba la pistola.
El primer tiro había quebrado estruendosamente el vidrio de una ventana, pero el segundo terminó su infeliz desplazamiento en el hombro de un incauto grandulón que quiso reaccionar, es decir, jugar de valiente.
En ese momento ya había quitado el seguro del arma y la sostenía con firmeza. El “presunto” delincuente –patética frase de los medios para no implicarse- se puso desenfrenadamente nervioso, mientras tenía el gatillo a un ápice del lado fatal. Y apuntaba sin mirar.
Me asombra cómo puede uno reconstruir con tanto detalle todo lo que pasó en unos escasos y míseros segundos, sobrecargados de intensidad.
- Todo lo que tengan afuera –gritó parapléjico.
Le disparé en el pecho, antes de lamentar más muertes, y se desgajó inevitable.
El otro apuntaba al conductor desde las gradas de la puerta, a medio metro de atravesarle un pulmón o la cabeza.
- Me jodió –fue lo último que dijo, al sentir efímera la bala que le incrusté en el cuello, en el instante que dirigió su 38 especial hacia mí.
Un conductor de uno de las dos motos que esperaban casi sobre la acera se volvió loco mientras escupía:
- Mi hermano, jodieron a mi hermano, hijueputas, ¿quién fue el malparido?
Y subió al bus, donde el caos tenía alas de muerte. Y disparó sin dirección. Le logré perforar el ojo izquierdo y atravesar su cabeza, antes de la hecatombe.
El cuarto encapuchado, de negro como todos los demás, se vino detrás, demostrando lo que más adelante yo definiera a los policías como una “violencia ingenua”. Tomo el arma del tercero y se convirtió en el cuarto. Para ese momento yo estaba, ahora sí, muy tenso y no le permití ni siquiera levantar el artefacto a la altura de su pelvis.
“Misterioso héroe civil protegido por la policía”, tituló un diario. Otro imprimió en digno papel higiénico: “Mató 4 y desapareció”. El “mejor” fue “Héroe de guerra asesinó presuntos asaltantes”. Todo era una ficción para ellos (aunque lo vendía como verdad). ¡Yo como héroe de guerra, asesino y los pobres 4 eran tan presuntos como difuntos.
Leyendo las estupideces de los matutinos amanecí en la Comisaría, exigiendo completo anonimato y algo para comer.
No quería que nadie supiera de mí, ni yo de los criminales esos, por obvia seguridad personal.
Pero alguien dejo tirado sobre un escritorio el reporte del último fallecido, el ingenuo cuarto y me llamó la atención su nombre: Julio Andrés. Y de seguido los mismos apellidos que nos puso mi madre.
23 de abril de 2009.
miércoles 26 de noviembre de 2008
GINA
Sostuve sus ojos alucinados
en el libro suspensivo
del amor para mañana
Palpé su vagina sediciosa
derritiéndose
en una lluvia de transparencias
que vienen desde la calle
acercándose
fingiéndose estar desvestida
en los labios de mi piel.
La dejé dormir
en el libro suspensivo
del amor para mañana.
Ansié pintar sus pezones de tierra
con mis rosados
en la lengua extensa
que se propone verbo
de relieves nuestros como el abrazo
que se despierta aborigen
en el fonema del alma que es la piel*.
Y se levantó entregada
en el libro suspensivo
del amor para cualquier día.
II
Me palpé femenino en sus reproches
de un mestizaje volcánico,
lleno de papeles en espera.
Y se dejó caer entregada
en su malinche sin culpa ni remordimiento
porque no hay Malinche solo odio.
Y el libro suspensivo se gastó
de fronteras y etnias
cuando sus ojos volvieron al barro
que restregaba con mis dedos.
Y otra vez se dejó como Biriteca
en la arcilla de la verdad que permanece
y no se gasta
ni siquiera en los colores
ni las pertenencias que se inventaron
los cobardes sin aire ni agua.
Y se quedó entregada
solo para hacerme saber
lo que nunca podré.
III
Tiene el nombre perfecto
para desparramar el sueño,
una ancha miseria de soberbias
y la savia que se fuma en el diverso manglar
que siempre nos oculta.
Y palpó discurriendo
el pelaje de la rabia que contengo
que no sabe decirse ni callar,
que la llena de torrentes de lava
aunque suene a postales de mentira.
Y pinté sus pezones de tierra
en el justo momento en que ella
se hizo iguana
transversal del tronco mío
que estuvo entregado desde el principio.
IV
Bartolomé de las Casas sin sotana
henchido de Garabeet
armado de sábila tan pero tan verde
tan púlpito de barro en la ribera
tan elíxir
sostenido en el brazo del palenque.
Tan envidioso de mí,
ahora que puede reencarnarse en mí
y tocarla.
Y yo tan envidioso
de su entrega
aunque sea para mí.
Sostuve sus ojos alucinados
en el libro suspensivo
del amor para mañana
Palpé su vagina sediciosa
derritiéndose
en una lluvia de transparencias
que vienen desde la calle
acercándose
fingiéndose estar desvestida
en los labios de mi piel.
La dejé dormir
en el libro suspensivo
del amor para mañana.
Ansié pintar sus pezones de tierra
con mis rosados
en la lengua extensa
que se propone verbo
de relieves nuestros como el abrazo
que se despierta aborigen
en el fonema del alma que es la piel*.
Y se levantó entregada
en el libro suspensivo
del amor para cualquier día.
II
Me palpé femenino en sus reproches
de un mestizaje volcánico,
lleno de papeles en espera.
Y se dejó caer entregada
en su malinche sin culpa ni remordimiento
porque no hay Malinche solo odio.
Y el libro suspensivo se gastó
de fronteras y etnias
cuando sus ojos volvieron al barro
que restregaba con mis dedos.
Y otra vez se dejó como Biriteca
en la arcilla de la verdad que permanece
y no se gasta
ni siquiera en los colores
ni las pertenencias que se inventaron
los cobardes sin aire ni agua.
Y se quedó entregada
solo para hacerme saber
lo que nunca podré.
III
Tiene el nombre perfecto
para desparramar el sueño,
una ancha miseria de soberbias
y la savia que se fuma en el diverso manglar
que siempre nos oculta.
Y palpó discurriendo
el pelaje de la rabia que contengo
que no sabe decirse ni callar,
que la llena de torrentes de lava
aunque suene a postales de mentira.
Y pinté sus pezones de tierra
en el justo momento en que ella
se hizo iguana
transversal del tronco mío
que estuvo entregado desde el principio.
IV
Bartolomé de las Casas sin sotana
henchido de Garabeet
armado de sábila tan pero tan verde
tan púlpito de barro en la ribera
tan elíxir
sostenido en el brazo del palenque.
Tan envidioso de mí,
ahora que puede reencarnarse en mí
y tocarla.
Y yo tan envidioso
de su entrega
aunque sea para mí.
domingo 23 de noviembre de 2008
Este es el segundo capítulo de un libro en proceso sobre La muerte del amor. Ese es el título provisional. A ver si está de acuerdo conmigo:
2. Entre feminismo y machismo hay culpas compartidas
Partimos de la premisa fundamental de que el feminismo contemporáneo está terriblemente equivocado, tanto como el machismo lo estuvo en la época del patriarcalismo. Establecemos que la igualdad de géneros es una ficción en la realidad y que en una etapa de transición como la actual, se generan muchas ideas torpes y confusas que traen como consecuencia una reiterada y creciente dificultad para establecer relaciones afectuosas y amorosas entre personas de diferente sexo, es decir, que tanto el machismo como el feminismo como son entendidos en la actualidad son culpables de desunir, de crear inseguridad y fracasos hasta el hastío en las relaciones heterosexuales.
El otro componente que afecta también es el creciente y usurpador materialismo de las nuevas generaciones, los conceptos de competencia, eficiencia y propiedad.
Para nadie es un secreto que el aumento de divorcios día con día es proporcionalmente inverso a la disminución de matrimonios. Para nadie es un secreto que las relaciones de pareja duraderas son una especie en extinción, ya lo diremos y analizaremos más adelante. Por ahora es preciso reconocer que hay un problema grave, de carencia no solo de valores relacionados con el concepto romántico del amor, sino con los conceptos de individualidad y materialismo ligados a la visión de mundo contemporánea que se esparce tanto en el feminismo como en el machismo.
También sabemos que el machismo otrora ligado a conceptos patriarcales fue y ha sido tremendamente destructivo de relaciones de pareja sanas, aunque se le debe reconocer que las hacía duraderas, en claro perjuicio de las mujeres, madres e hijas. También sabemos que fueron las mujeres quienes reprodujeron esa “enseñanza” machista en las mismas mujeres, fueron víctimas y cómplices como bien lo comprueba Yadira Calvo en su libro mayor (Calvo Yadira, ECR).
Lo que nos toca ahora es reconocer que el feminismo está construyendo y difuminando un estado de cosas que conduce a una situación igual o peor a la anterior. El feminismo está viendo el tema como una confrontación y ahí está el germen de su gran error. Plantear las relaciones de género como una disputa entre hombres y mujeres lleva al círculo vicioso de la violencia y la disputa, lo que sin duda no podrá generar nada positivo de las relaciones heterosexuales. Ni de cualquier relación entre seres humanos.
Las mujeres han aprendido muy bien la “enseñanza” de ese feminismo falso y ahora ven a los hombres como victimarios por definición, amenazas y enemigos a vencer, antes de que ellos sean los vencedores. El problema es que al final ambos son perdedores. El hombre (y la mujer) se convierte en un enemigo necesario, como dice una canción “No puedo vivir con ella, pero sin ella tampoco”.
El hombre se convierte en lo cotidiano en una criatura necesaria para la convivencia, para tener compañía, sexualidad, protección y, con más fuerza en la actualidad, un proveedor de beneficios materiales o aparenciales. Del hombre, la mujer ahora quiere obtener lo que le conviene y no necesariamente hablamos de amor, afecto o compañía en el sentido romántico o incluso en el sentido del honor y los valores ligados. Si el hombre es rico tendrá su mayor “plus” para ser codiciado. Y seamos francos, pero en la mayoría de mentes femeninas heterosexuales ese concepto materialista, interesado, tiene un peso muy importante, sino el más importante.
2. Entre feminismo y machismo hay culpas compartidas
Partimos de la premisa fundamental de que el feminismo contemporáneo está terriblemente equivocado, tanto como el machismo lo estuvo en la época del patriarcalismo. Establecemos que la igualdad de géneros es una ficción en la realidad y que en una etapa de transición como la actual, se generan muchas ideas torpes y confusas que traen como consecuencia una reiterada y creciente dificultad para establecer relaciones afectuosas y amorosas entre personas de diferente sexo, es decir, que tanto el machismo como el feminismo como son entendidos en la actualidad son culpables de desunir, de crear inseguridad y fracasos hasta el hastío en las relaciones heterosexuales.
El otro componente que afecta también es el creciente y usurpador materialismo de las nuevas generaciones, los conceptos de competencia, eficiencia y propiedad.
Para nadie es un secreto que el aumento de divorcios día con día es proporcionalmente inverso a la disminución de matrimonios. Para nadie es un secreto que las relaciones de pareja duraderas son una especie en extinción, ya lo diremos y analizaremos más adelante. Por ahora es preciso reconocer que hay un problema grave, de carencia no solo de valores relacionados con el concepto romántico del amor, sino con los conceptos de individualidad y materialismo ligados a la visión de mundo contemporánea que se esparce tanto en el feminismo como en el machismo.
También sabemos que el machismo otrora ligado a conceptos patriarcales fue y ha sido tremendamente destructivo de relaciones de pareja sanas, aunque se le debe reconocer que las hacía duraderas, en claro perjuicio de las mujeres, madres e hijas. También sabemos que fueron las mujeres quienes reprodujeron esa “enseñanza” machista en las mismas mujeres, fueron víctimas y cómplices como bien lo comprueba Yadira Calvo en su libro mayor (Calvo Yadira, ECR).
Lo que nos toca ahora es reconocer que el feminismo está construyendo y difuminando un estado de cosas que conduce a una situación igual o peor a la anterior. El feminismo está viendo el tema como una confrontación y ahí está el germen de su gran error. Plantear las relaciones de género como una disputa entre hombres y mujeres lleva al círculo vicioso de la violencia y la disputa, lo que sin duda no podrá generar nada positivo de las relaciones heterosexuales. Ni de cualquier relación entre seres humanos.
Las mujeres han aprendido muy bien la “enseñanza” de ese feminismo falso y ahora ven a los hombres como victimarios por definición, amenazas y enemigos a vencer, antes de que ellos sean los vencedores. El problema es que al final ambos son perdedores. El hombre (y la mujer) se convierte en un enemigo necesario, como dice una canción “No puedo vivir con ella, pero sin ella tampoco”.
El hombre se convierte en lo cotidiano en una criatura necesaria para la convivencia, para tener compañía, sexualidad, protección y, con más fuerza en la actualidad, un proveedor de beneficios materiales o aparenciales. Del hombre, la mujer ahora quiere obtener lo que le conviene y no necesariamente hablamos de amor, afecto o compañía en el sentido romántico o incluso en el sentido del honor y los valores ligados. Si el hombre es rico tendrá su mayor “plus” para ser codiciado. Y seamos francos, pero en la mayoría de mentes femeninas heterosexuales ese concepto materialista, interesado, tiene un peso muy importante, sino el más importante.
domingo 16 de noviembre de 2008
Más poemas para compartir...
MÁS POEMAS PARA COMPARTIR...
El juego al descubierto
Si no fuera divertido
no besaría los tactos sin hacerlo
no pediría más con los ojos,
me inhibiría de incluirte en la antesala
que me hice para los olvidos.
Me reiría más de mí mismo
cuando te enfrente
y no quiera vociferar que te odio
aunque los países estén pintados en tu rostro.
Si no fuera divertido
engañarte
tendría que perder la visa y el pasaporte
hacia la ciénaga de los sueños
y entonces, como se me hace usual,
terminar por engañarme.
Tendría que escribir otro poema cursi
para saciar mis ganas de no creer
para que al final de cada esquina aburrida
al menos pueda transitar inerme,
giñándole a una ocurrencia
para que se me convierta en estrategia
y engañarte,
para que no podamos engañarnos juntos
pretendiendo que destejemos
en esas otras camas que nos cobijan
el frío de las ambiciones.
Si no fuera divertido
el juego
los niños no sabrían reírse de nosotros
y los mapas tendrían sangre en lugar de lagos. (10/01/08)
De viaje
Hoy es día de un viaje
hacia sonrisas imprevistas,
de levantarse temprano con ganas de aire
y creer menos en las noches de la ciudad.
Que mi corazón ya no fume
de la tristeza fósil de las paredes
que siguen muertas aunque les ponga palabras
y arte que siempre se ensucia
en mis manos.
Es día de abrir puertas en otros ojos
y dejarse acompañar de la luna
solo para darle futuro.
De tocar la piel y la superficie del mar
como a una hoja verde y húmeda
y rodar por la colina
como se deslizan los dedos
sobre senos temblorosos que no saben mentir.
Es hora de ser un poco iluso
para silenciar al mundo que agobia
lo que nos va quedando…
Acertijo para la sugerencia
Se trata de robarle un atrevimiento
a la luz
un pezón al suspiro
un cielo al encuadre oscuro de tus ojos.
Se encuentra en la ironía
que llueve cada tarde
cuando caminas por el acento
de la palabra patético.
Duele en el borde de la pared
si la sostienes
después de las cervezas exhaustas
y la arrinconas con la sed
del vaho somnoliento
que se muere.
Duele casi siempre
porque es sugerencia de la reencarnación
imposible,
porque es el maldito tiempo
en el claustro de otro verso gastado.
Se asoma cuando no estás
si nunca la terminaste
dentro de la piel.
Es la bella maldita que parece mujer
cuando no la tienes,
es el músculo que se reinventa
en el dolor de la rutina
para modelarse en cualquier reflejo.
Tiene límites como los países
pero tampoco los entiende
ni los ocupa
y vive en rebeldía
para emanciparse de sí misma.
La maldices cuando duele,
la admiras cuando se luce en otros ojos.
Siempre anda buscando otra imagen
para entretener la muerte
tanto como se quiera.
Puede ser otra fotografía...
Noviembre 2007.
Una peste sin nombre
Para Syany, agotando las palabras que no escuchaste.
Hay algo con el amor
que huele a peste
y tiene lágrimas dulces
desde que se inventó el placer en la sal
y se mira en los lugares
que reinciden.
No necesita una noche más.
Solo se sostiene del semen imperecedero
que sigue llevando al viento,
cada vez que se desprende
del maldito recuerdo.
Los ojos se quedan inmunes
en su cansada búsqueda
de las colinas más bellas.
Se alimenta de resacas
que duermen
y no quieren respirar,
de la palabra en su juego de poesía
y se alimenta del asco
después de la traición.
Hay una peste incólume
en cada caño del amanecer
en las películas con finales felices
en la ironía febril
del amor que permanece en las llagas
y resiste,
en las monedas brillantes
que lleva una mujer en su mano
al tocarte.
El amor de repente
se ahogó en juego, en la polis del miedo,
en la estrategia del que menos siente.
Hay algo con el amor
que huele a peste.
No le pongamos nombre para que viva
y al menos hieda menos.
Abril, 2007.
No me conozcas
No me conozcas.
Quiero evitarte las escaleras
las poses de mujer en columnas
y uno que otro cielo...
Quiero sentarme y abrir los relajos
no escucharte en los ocasos
y palpar la ciudad
que te calla y te sostiene.
Quizás nos dé hambre,
panes piel sobre las aguas,
sin tu cama
y sin mis sábanas.
Habrá fenecido la noche panfletaria
y nos habremos salvado de herirnos.
Quiero
Quiero que no estés aquí
ni me hables de más.
Quiero que seas una imagen
una brasa
que me silencie dos horas.
Que me asustes con el adiós,
ese perenne artificio de los vivos
que mueren sosteniendo el miedo.
Que no estés cuando llegue,
ni faltes cuando me despido.
Quiero decirte adiós,
sólo eso.
(Para que no seas tú quien lo diga
cuando yo anhele abrir tus ropas).
El juego al descubierto
Si no fuera divertido
no besaría los tactos sin hacerlo
no pediría más con los ojos,
me inhibiría de incluirte en la antesala
que me hice para los olvidos.
Me reiría más de mí mismo
cuando te enfrente
y no quiera vociferar que te odio
aunque los países estén pintados en tu rostro.
Si no fuera divertido
engañarte
tendría que perder la visa y el pasaporte
hacia la ciénaga de los sueños
y entonces, como se me hace usual,
terminar por engañarme.
Tendría que escribir otro poema cursi
para saciar mis ganas de no creer
para que al final de cada esquina aburrida
al menos pueda transitar inerme,
giñándole a una ocurrencia
para que se me convierta en estrategia
y engañarte,
para que no podamos engañarnos juntos
pretendiendo que destejemos
en esas otras camas que nos cobijan
el frío de las ambiciones.
Si no fuera divertido
el juego
los niños no sabrían reírse de nosotros
y los mapas tendrían sangre en lugar de lagos. (10/01/08)
De viaje
Hoy es día de un viaje
hacia sonrisas imprevistas,
de levantarse temprano con ganas de aire
y creer menos en las noches de la ciudad.
Que mi corazón ya no fume
de la tristeza fósil de las paredes
que siguen muertas aunque les ponga palabras
y arte que siempre se ensucia
en mis manos.
Es día de abrir puertas en otros ojos
y dejarse acompañar de la luna
solo para darle futuro.
De tocar la piel y la superficie del mar
como a una hoja verde y húmeda
y rodar por la colina
como se deslizan los dedos
sobre senos temblorosos que no saben mentir.
Es hora de ser un poco iluso
para silenciar al mundo que agobia
lo que nos va quedando…
Acertijo para la sugerencia
Se trata de robarle un atrevimiento
a la luz
un pezón al suspiro
un cielo al encuadre oscuro de tus ojos.
Se encuentra en la ironía
que llueve cada tarde
cuando caminas por el acento
de la palabra patético.
Duele en el borde de la pared
si la sostienes
después de las cervezas exhaustas
y la arrinconas con la sed
del vaho somnoliento
que se muere.
Duele casi siempre
porque es sugerencia de la reencarnación
imposible,
porque es el maldito tiempo
en el claustro de otro verso gastado.
Se asoma cuando no estás
si nunca la terminaste
dentro de la piel.
Es la bella maldita que parece mujer
cuando no la tienes,
es el músculo que se reinventa
en el dolor de la rutina
para modelarse en cualquier reflejo.
Tiene límites como los países
pero tampoco los entiende
ni los ocupa
y vive en rebeldía
para emanciparse de sí misma.
La maldices cuando duele,
la admiras cuando se luce en otros ojos.
Siempre anda buscando otra imagen
para entretener la muerte
tanto como se quiera.
Puede ser otra fotografía...
Noviembre 2007.
Una peste sin nombre
Para Syany, agotando las palabras que no escuchaste.
Hay algo con el amor
que huele a peste
y tiene lágrimas dulces
desde que se inventó el placer en la sal
y se mira en los lugares
que reinciden.
No necesita una noche más.
Solo se sostiene del semen imperecedero
que sigue llevando al viento,
cada vez que se desprende
del maldito recuerdo.
Los ojos se quedan inmunes
en su cansada búsqueda
de las colinas más bellas.
Se alimenta de resacas
que duermen
y no quieren respirar,
de la palabra en su juego de poesía
y se alimenta del asco
después de la traición.
Hay una peste incólume
en cada caño del amanecer
en las películas con finales felices
en la ironía febril
del amor que permanece en las llagas
y resiste,
en las monedas brillantes
que lleva una mujer en su mano
al tocarte.
El amor de repente
se ahogó en juego, en la polis del miedo,
en la estrategia del que menos siente.
Hay algo con el amor
que huele a peste.
No le pongamos nombre para que viva
y al menos hieda menos.
Abril, 2007.
No me conozcas
No me conozcas.
Quiero evitarte las escaleras
las poses de mujer en columnas
y uno que otro cielo...
Quiero sentarme y abrir los relajos
no escucharte en los ocasos
y palpar la ciudad
que te calla y te sostiene.
Quizás nos dé hambre,
panes piel sobre las aguas,
sin tu cama
y sin mis sábanas.
Habrá fenecido la noche panfletaria
y nos habremos salvado de herirnos.
Quiero
Quiero que no estés aquí
ni me hables de más.
Quiero que seas una imagen
una brasa
que me silencie dos horas.
Que me asustes con el adiós,
ese perenne artificio de los vivos
que mueren sosteniendo el miedo.
Que no estés cuando llegue,
ni faltes cuando me despido.
Quiero decirte adiós,
sólo eso.
(Para que no seas tú quien lo diga
cuando yo anhele abrir tus ropas).
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